Catorce días de mayo (partes 64-68)

 



Segmento de ¨Ascending Descending¨ de Escher



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A veces nos median la saturación en la habitación y, otras, en el comedor común. En las mañanas, los contagiados salíamos uno por uno, ordenadamente. El doctor prensaba el oxímetro en nuestro dedo índice y el medidor tardaba unos instantes en arrojar un número sobre la pantalla. Si el numero era superior a 96, podrías estar tranquilo. Si el numero era inferior al número que tuviste el día anterior, podías preocuparte. Si el numero era inferior o igual a 95, podías preocuparte mucho más. Verificar la saturación se convertía en una obsesión, en el indicador crucial que podía definir tu suerte, tu porvenir inmediato. Era una señal inobjetable sobre el estado de un organismo que tú mismo desconoces. Podías sentirte bien o con un malestar muy ligero, pero eso no quería decir que tu oxigenación estuviera igual. Si no estaba igual y estaba muy baja, entonces algo andaba mal y podría ponerse peor en las próximas horas, en los próximos días. Una vez que el oxímetro arrojaba un número fijo, podías sentirte tranquilo y liberado, al menos un poco menos angustiado hasta el siguiente control que todos los contagiados esperábamos con ansiedad. Como si nos fuera imposible salir de ese  circulo de comprobaciones, verificaciones y oxímetros, como si estuviéramos atrapados en el eterno ciclo de visitas rutinarias al médico. Durante esos días, mi saturación nunca experimentó un descenso significativo, siempre fluctuó entre los 97 y 99 puntos. Pero ese día, el penúltimo, en que yo salí al comedor para mi chequeo de rutina, luego de haber leído fragmentos de relatos de Kafka, mi saturación llegó a una marca insospechada. El doctor, uno nuevo en la torre, conversaba conmigo sobre lo que tendría que hacer para rehabilitarme definitivamente y, cuando el oxímetro marcó un número fijo, se sorprendió y me dijo sonriendo: ¨mira estás más que bien, tu saturación marca 100, puntaje perfecto, ya estas listo para volver a casa¨. Después, me puse de pie y caminé contento de vuelta a mi habitación, como si me hubiera sacado 20 en un examen de segundo de primaria.

 

 

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El joven de la habitación de al lado se fue un día antes que yo. Ordenó sus cosas con tiempo, coordinó horarios con su taxista y la enfermera. Abandonó el departamento cerca de las 9 de la mañana. Cuando sus pasos se perdieron por el pasillo, abrí mi puerta y fui al baño. Siempre le voy a agradecer la higiene con que usó los servicios higiénicos. Inodoros sin salpicaduras de orina, el tacho sin papeles botados a su alrededor, el piso seco, sin gotas de agua, el lavabo pulcro, sin manchas de pasta dental o de mocos mal sonados. Yo, desde luego, hacia lo mismo y cuando noté que él tenía el mismo celo con sus movimientos y cuidados, me sentí aliviado. Cuando llegó el tercer paciente, como una especie de acuerdo tácito, el comenzó a usar el segundo baño, así que casi nunca me lo topaba. La persona que limpiaba a diario los servicios higiénicos, se demoraba más en el que usaba el tercer paciente, y no era para menos, cuando el tercer paciente hacia uso exclusivo del segundo baño, tosía, se removía las flemas, se sonaba la nariz sin papel higiénico, todo un festival de secreciones que, sinceramente, me habrían alterado los nervios. Aun así, yo tomaba la precaución de ventilar un poco el cuarto de baño antes de usarlo y de tocar lo menos posible las superficies. Estaba contaminado, pero uno siempre piensa que se pude contaminar un poco más. Pese a que nunca un baño ajeno suplantará al que tienes en casa, creo que tomé la decisión correcta al aislarme en un lugar que contaba con toda una dinámica instaurada para usar los espacios, limpiarlos y ventilarlos en beneficio de los enfermos. Esa misma mañana, entró personal de limpieza a la habitación recientemente desocupada. Asearon todo con escobas, trapeadores, aspersores y sustancias que vertían sobre el suelo, limpiaron incluso las ventanas por ambos lados, las dejaron abiertas para que el viento entrara y refrescara el ambiente. Luego se fueron en silencio. Me quedé pensando en lo rápido que habían transformado el espacio, en lo simple que resulta alterar las cosas.

 


Ascending Descending. Escher

 


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El Castillo tiene una adaptación cinematográfica dirigida por Michael Haneke en el año 1997. Una película fiel al libro y que intenta insertar los elementos inusuales propios del universo kafkiano. Es, sin embargo, difícil adaptar fielmente una obra, sobre todo cuando el universo narrativo se hace abiertamente surreal. A propósito, me refiero a una de las escenas finales: K. consigue el acceso a la zona donde pernoctan los funcionarios y burócratas, no es el castillo propiamente (en toda la extensa novela, K. no consigue poner un solo pie en ese lugar), es una zona aledaña a la taberna. K. tiene una entrevista con uno de los funcionarios que duermen en el lugar. K. se pierde entre las puertas repetidas y el pasillo largo y monótono. K. decide abrir una puerta seguro que es la indicada, pero no lo es, lo recibe otro subordinado. K. consigue descansar un poco porque se encuentra extenuado de tanto ir dando tumbos aquí y allá. Amanece. K. vuelve al pasillo y se encuentra con una agitación ruidosa en las puertas, la vida comienza a rumear al interior de las habitaciones, hay pasos, murmullos de voces, agitaciones, prisas propias de la primera mañana. Hay sirvientes que llevan expedientes a cada puerta, hay sonidos de puertas que se cierran, y puertas que se abren, reclamos, sirvientes que se asoman por lugares insospechados, que buscan e intercambian expedientes, confusiones, conatos de riñas y en medio de todo eso y de la gente que va y viene, K. se siente en un laberinto de puertas, humanos y voces, sin saber qué hacer, para donde ir, que expediente tomar, donde encontrar su caso, el contrato que compruebe su trabajo como agrimensor. Un fragmento de esa atmosfera delirante sentí mientras el personal limpiaba la habitación de al lado, murmullos, pasos rápidos, ventanas abiertas, más pasos en el comedor, trapeadores y aguas con desinfectante empapando el suelo, otros limpiando el suelo del baño, echando desinfectante por todos los rincones. Y en un momento, abrieron la puerta de mi habitación y yo me sobresalté porque estaba abstraído por el zumbido laberintico que escuchaba. Amablemente me pidieron salir, una chica alta, delgada, de ojos rasgados, me pidió abandonar la habitación por unos instantes, era la tercera vez que sucedía, yo salí con las mascarillas puestas y la dejé a ella trapeando mi habitación, echando desinfectante sobre mi cama, las paredes y mis maletas. Me asomé a la ventana de la cocina que siempre se quedaba abierta para ventilar el ambiente, vi que otros disfrazados de blanco hacían lo mismo en la torre de al lado. Y que probablemente lo estuvieran haciendo en todas las torres. Pensé que en cualquier momento iban a venir por mí a tratarme como un maniquí, a rosearme con desinfectante por todos lados, a cargarme hacia la ducha, abrirla y echarme detergente para desinfectarme. Luego me secarían, me peinarían, y, al salir del baño, encontraría mis maletas en el pasillo, me sentarían en una silla de ruedas, me bajarían al primer piso, me llevarían hasta la reja principal, me dejarían ahí, se despedirían cortésmente y yo tendría que empujar mi silla de ruedas hasta mi casa de José Gálvez.

 

 




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Esa última tarde de encierro intenté en vano encontrar a la enfermera que durante la madrugada había entrado a mi habitación para medirme la temperatura. Hay un apunte de mayo que deja un registro claro de esa experiencia:

¨ Una enfermera me despierta para hacer las mediciones de rutina, debe ser una hora cercana a las seis de la mañana, todo sigue muy oscuro, ella enciende la luz y pone mi dedo en el oxímetro. Quiero seguir durmiendo y entre sueños pido que mis ojos no estén bajo la luz. La enfermera que ya ha entrado otras veces y conoce algunos de mis hábitos de sueño, coge la colcha y la lanza sobre mi rostro, creo que lo hace con gracia y yo me pongo a reír, y luego ella se ríe conmigo por lo que acaba de hacer, me parece un gesto repentino de confianza y complicidad. Luego me recita los números de saturación y se va apagando la luz, he sentido su presencia, pero no la he visto en todo el procedimiento, no he visto sus ojos, ni su tamaño, no sé bien ya que enfermera es. Me levanto pensando en esto y trato de recordar si su sonrisa se condice con algunas de las voces que he escuchado en los días anteriores. Es en vano, creo que no se condice con ninguna. No puede ser posible. Tal vez es una enfermera que me ha hablado siempre de forma seria e impersonal, pero que justo esa mañana, se permitió ser de otra manera, hacer algo impensado y sonreír de una forma familiar, agradable, risueña, poco profesional. Quiero saber quién es, mañana me voy y sigo sin saberlo. Quiero agradecérselo, o al menos tener la certeza de que no se ha tratado de un sueño o de una distorsión inocente de los sucesos¨.

 

 

Frieda atizando el fuego. Escena de El castillo. M. Haneke


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Mis apuntes de mayo me parecen, en su mayoría, alentadores o con tendencia al optimismo, al regocijo y a cierto espíritu despreocupado y dulce. Ahora lo entiendo como parte de mis estrategias para mantenerme a salvo, para alejar la preocupación extrema, el pánico desbordante. Solo con la distancia de varios meses he podido tener una visión más equilibrada sobre esos días de cuarentena. Al respecto, mi última anotación de mayo dice lo siguiente:

¨ Mientras voy escribiendo estos párrafos, por algunos instantes pienso que me estoy traicionando, que un relato sobre un periodo de aislamiento por una pandemia debería ser un relato crudo, visceral y estremecedor. Y yo no estoy escribiendo nada parecido a eso pese a que no me he sentido al margen de esas sensaciones. Tal vez aun no sea el momento para escribir sobre ellas, tal vez esté escribiendo los párrafos que necesito leer para seguir en calma, tal vez escriba estas líneas como quien teje una red de palabras que sirva de soporte y alimento para la tranquilidad que necesito. No me estoy traicionando, me estoy encontrando en un lugar insospechado. ¨

Y no, ese no era el momento para escribir sobre el espectro amplio de mis emociones. Ese momento es ahora. Ahora.




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