Catorce días de mayo (partes 69-71) Final
| Bouquet of Flowers in a Crystal Vase. Henri Matisse (1902) |
69
La última noche alisté las maletas. Había llevado demasiadas
mudas de ropa y solo había usado dos. Pensé que pasaría mucho frio y por eso
empaqué varios polos y poleras. Pensé que tendría ropa específica para dormir,
pero la verdad es que anduve en pijama todo el tiempo. Llevé prendas en caso de
que sucediera algo inesperado, robos o extravíos, por ejemplo, o que las
prendas se mojen, se manchen y queden inutilizables. Nada de eso había
sucedido, en vano había ampliado el peso de mis pertenencias. Esa última noche
no encendí la laptop, la guardé en mi mochila junto a las chompas y los libros
que había llevado. Antes de empacarlos, me detuve un instante en sus portadas,
les agradecí en silencio por haberme acompañado en esos días de encierro, desde
ese momento ocupan un lugar especial en mi librero, llevan sobre sí una marca
imborrable. Creo que esa última madrugada no vinieron a hacerme las mediciones
de rutina, no lo consideraron necesario. El ultimo doctor que me atendió dijo
que me encontraba muy bien y, luego de darme los documentos que acreditaban mi
confinamiento voluntario y el desarrollo de mis síntomas, me sugirió hacerme
chequeos pulmonares en unas semanas y llevar terapia de rehabilitación física.
Fue un doctor bastante amable, muy alejado del espíritu impositivo de la
doctora que quiso devolverme a casa antes de tiempo. Esa última noche, las
enfermeras, a modo de despedida, imagino, me obsequiaron dosis de medicamentos
para el día siguiente. Incluso habían escrito sobre la envoltura la hora en que
me correspondía tomarlos, como hacían siempre para que no olvidara hacerlo. Se
los agradecí mucho, luego salieron de la habitación y no las volví a ver. Una
era de contextura gruesa, con ojos grandes y muy oscuros, la otra parecía tener
el cabello rizado, la piel canela, la mirada huidiza, era más alta, y siempre desprendía
una energía de prisas y rutinas. Esa noche me dormí sin escuchar los ruidos que
no debía escuchar y me desperté mucho antes de lo previsto, con el ánimo
renovado y el cabello más sucio.
70
Cuando el taxista me dijo que estaba en la entrada
esperándome, usé el teléfono de la cocina para llamar a enfermería. Una
enfermera apareció en el acto para ayudarme a bajar mis maletas. Levantó el
colchón y lo recostó en la pared, verificó que no me estuviera olvidando nada
debajo de la cama, y luego salimos juntos. Le eché una última mirada a la
habitación. La cama removida, la mesita de noche vacía, la ventana abierta
dejando pasar las brumas de villa el salvador. Durante los días siguientes iba
a extrañar esa ventana, la visión que me otorgaba sobre las cosas. En el primer
piso había otros pacientes esperando la última autorización para salir del
lugar. Formé parte de la cola. Me entretuve leyendo los mensajes de
agradecimiento que muchos pacientes habían dejado para la Villa Panamericana y
que estaban exhibidos en un periódico mural. Todos mensajes muy tiernos y
esperanzadores, algunos hechos a última hora, otros preparados con antelación,
bien pintados y decorados, algunos con caligrafía adulta, otros con caligrafía
infantil y dibujos infantiles adorables y acertados. Recordé la frase que
quería sintetizar durante esos días, esa frase que posiblemente hubiera
acompañado a esas otras que estaban escritas en la puerta de mi primera
habitación. No tenía ninguna. Había pensado, pero todo se había quedado en
intentos, en altisonancias que decían poco o nada. Me había pasado las horas
escuchando música (Radiohead, Motohiro Hata, Evelyn Cornejo, Fallo Out Boy,
Vaho, Twenty One Pilots -estos últimos tienen una canción referida a la cuarentena, la letra y el videoclip valen mucho la pena, dejo la canción abajo de este apartado); leyendo a Kafka y a Zambra (el primer libro no
tiene final, el segundo sí), viendo capítulos aleatorios de Seinfeld, y mirando
por la ventana el llegar de los nuevos pacientes. Había dado mil vueltas en la
habitación en todas las direcciones y formas posibles. Había practicado el arte
de oír los ruidos cercanos y lejanos. Había practicado la respiración
controlada y la descontrolada también. Había pensado en mí mismo, en mi vida
errante y retirada. Había pensado incluso en lo que no debo pensar. Pero no había
cimentado ninguna frase, ninguna idea precisa que definiera mi experiencia
durante esos días de mayo. Ahora creo que justamente porque nunca conseguí
crear esa frase, esa sola frase, es que estoy aquí terminando de escribir un
diario de 70 partes. Si pudiera decir en pocas palabras lo que he querido
decir, este diario no existiría. No existiría y probablemente, seguramente,
tampoco yo.
71
Llegué a mi taxi escoltado por una enfermera delgada,
pequeña, de andar apurado. En el trayecto me había contado que vivía en
Cieneguilla y que todos los días hacia un viaje de dos horas para llegar a
Villa el Salvador. Ella metió mis maletas en el auto, cerró las puertas y se
despidió, supongo, en nombre de todo el personal médico y estatal. También me
despedí y le volví a dar las gracias. Llegué a casa recibido por mi familia, fui
desinfectado dos veces y mis maletas terminaron en el patio ventilándose de los
aires a enfermedad. Mi madre me esperaba sentada y, entre sollozos, me abrazó y
me dijo que estábamos vivos, que nos habíamos salvado. Yo le dije que sí, y le
devolví el abrazo, pero no lloré, y debí hacerlo, debí dejarme llevar, hacer un
poco de catarsis. Luego lo lamentaría. Entré a mi habitación. Mi hermano la había
ordenado y limpiado, incluso había acomodado todos mis libros en un lugar específico
y puesto un florero de flores artificiales en una mesita pequeña. Llegué, me
senté, me cambié, reconocí las viejas paredes que me albergarían durante el invierno
que ya comenzaba. Me entusiasmé, tenía ganas de hacer cosas y me puse a reordenar,
a mover y limpiar. Debí seguir en descanso, debí llegar y tirarme en la cama,
dormirme y quedarme tranquilo. Me emocioné desmedidamente, quería volver a ser
funcional, pensaba que ya había superado la enfermedad. Aun no sabía que mi
etapa de mayor angustia, terror y desolación llegaría los meses siguientes,
durante el invierno más crudo, totalmente enajenado de mí mismo y atrapado
entre cosas que son difíciles de nombrar. Por la noche, me eché en la cama y,
por primera vez en varias semanas, sentí un olor, un olor amargo, húmedo, un
olor a fantasma desconocido. No pensé en espantarlo, solo quería dejarlo
atravesar paredes hasta que se fuera para no volver. Pero no se fue, se quedó.
Y ahora solo puedo pensar en seguir escribiendo para descifrarlo, para
construirle una puerta y ayudarlo a salir de mi interior. Escribiendo, siempre
escribiendo, solo escribiendo.
| La cama en el espejo. Henri Matisse (1919) |
| Hombre joven dormido. Eugene Berman (1931) |

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