Catorce días de mayo (partes 60-63)

 


 

Kafka junto a otros pacientes y el personal médico de el Sanatorio de Villa Tatra, Tatranske Matliare (Entre 1920, 1921)

 


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Cuando terminé de leer El castillo, me quedé con ánimos de incursionar en otras ficciones del autor de Praga, ya había leído La transformación, El desaparecido, Carta al padre, algunos escritos breves y algunos fragmentos aleatorios de su correspondencia con las mujeres que amó. En el celular tenía un libro digital con sus cuentos completos, o incompletos, es decir, pequeños fragmentos ficticios, o no tan ficticios. Fui revisando algunos, leyéndolos, sopesando el significado que pudieron tener en la vida del autor y que podrían tener en mi vida futura. No me detuve mucho a examinarlo, a veces Kafka puede ser demasiado inquietante, demasiado meticuloso para transportarte a su mundo propio. De nuevo, no pretendo hacer un análisis profundo del autor porque no me considero capacitado para ello. Lo traigo a colación porque, a lo largo de su vida, Kafka estuvo internado varias veces en Sanatorios de la época (inicios del siglo XX). Incluso, como nosotros, vivió una pandemia: la de la gripe española, padeció esta enfermedad e increíblemente sobrevivió. Digo increíblemente porque es sabido que su salud era frágil y que la gripe española fue especialmente nociva. Luego fue agravando los síntomas de la tuberculosis, enfermedad que acabaría con su vida. En ese entonces se aplicaban curas climáticas y los pacientes iban a aislarse a casas de campo o a sanatorios para mejorar los síntomas de la enfermedad. Una de esas veces, Kafka estuvo internado con otros enfermos de tuberculosis en el Sanatorio Villa Tatra. en Tatranské-Matliary, actual Eslovaquia. Ahí conoce los síntomas graves de su enfermedad y ahí, en la correspondencia que tenía con su amigo Max Brod, se refirió al sanatorio y a los contagiados de la siguiente manera:

¨Lo que se ve allí en la cama es mucho peor que una ejecución, incluso que una tortura. La tortura no la hemos inventado nosotros mismos, sino que la hemos copiado de las enfermedades, pero ningún individuo se atreve a torturar como ella tortura durante largos años, con interrupciones artificiales para que no ocurra demasiado rápido y –lo más singular– el torturado es obligado a prolongar la tortura por propia voluntad, a partir de su pobre intimidad. Toda esta vida miserable en la cama, la fiebre, las dificultades respiratorias, tomar medicamentos […] Y los familiares y los médicos y los visitantes materialmente han construido andamios por encima de esta pira, que no arde pero que está en estado incandescente, para poder visitar, apaciguar, consolar y animar al torturado para que sufra miserias aún mayores sin correr el riesgo de contagiarse¨ (Carta a Max Brod 27 de enero de 1921)

Queda poco más que agregar sobre la potencia narrativa que tiene el fragmento, su expresividad y su capacidad para retratar una atmosfera opresiva, desgarradora y muy inquietante. Por supuesto que lo digo a la distancia de un centenar de años después porque seguramente Kafka hubiera preferido no tener que contarle esas cosas a su amigo Max Brod, ni mucho menos tener que haberlas vivido.

 


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Ahora creo que he vivido pequeños fragmentos de lo que Kafka describe, a su vez, en otro fragmento epistolar. Él habla de una tortura, yo hablo del anuncio de una. Él habla de una pira que no arde, yo hablo de un fosforo húmedo, a punto de secarse.

 

 

Sanatorio Doctor Hoffmann, en Kierling, lugar donde moriría Kafka en el año 1924


 


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¿Por qué a la Villa Panamericana no se le llama Sanatorio?, ¿se debe a que no fue concebida para eso o por que ¨Sanatorio¨ es una palabra en desuso? Suena a palabra que usaban los abuelos, a lugar con olor a remedio y azulejos blancos colocados hasta la mitad de las paredes. Suena a lugar prohibido para las personas normales, a algún espacio perdido entre el campo y sus árboles enormes, a un lugar con historias de fantasmas, animas y duendes. Suena a castillo gótico donde duermen gárgolas, viven vampiros y seres monstruosos. Suena a castillo con habitaciones abandonadas y malditas, a refugio de alterados mentales capaces de las peores atrocidades. Suena a todo lo que no es, o que, en todo caso, podría llegar a ser muchos años después, con otra pandemia en otra fase del inevitable aniquilamiento de la especie humana. Imagino a cinco exploradores del futuro, sobrevivientes a virus y bacterias desconocidas el día de hoy. En su camino errante, llegan a Villa el Salvador una tarde de un año lejano. Divisan a lo lejos las torres de la Villa Panamericana. Fuerzan el candado de la reja. Ingresan a las instalaciones en busca de refugio, en busca de comida, alertas a los posibles contrincantes de turno. Comienzan a explorar departamentos vacíos, enmohecidos, baños cubiertos de polvo y cucarachas vivas, habitaciones con manchas negras en las paredes. Uno de ellos, uno de los exploradores, llega al piso 10 de la cuarta torre, y abre la puerta roñosa de la que fue mi habitación. Se encuentra con el recuerdo de mi sombra en el rincón y le mete un tiro entre las sienes. La sombra, mi sombra, se difumina, se va, desaparece ante la mirada indiferente de un sobreviviente acostumbrado ya a lo sobrenatural. Todo rastro de mis pasos sobre la tierra desaparece y, por fin, termino de abandonar la Villa Panamericana confiado en que en algún lugar desconocido del universo exista todavía la palabra casa.

 


Tomorrow is Never. Kay Sage



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La ventana de mi segunda habitación me permitía ver el lugar de recepción de pacientes. Cada que miraba por la ventana, me encontraba con personas en sillas de ruedas haciendo cola o siendo designadas a habitaciones. También veía la reja de acceso, los taxis que hacían cola afuera para ingresar. Había gente de todas las edades, ancianos con gorritos, niños con madres preocupadas, jóvenes indiferentes, adultos panzones. Y también estaban quienes abandonaban la Villa, esperaban un poco más allá la llegada del taxi que los devolvería a su casa. Se iban agradeciéndoles a los enfermeros, visiblemente entusiasmados de salir de un sanatorio con nombre deportivo, desprendidos por fin de días extraños en un lugar extraño, reinsertados a su rutina normal. Se suben al taxi y afuera dejan el estigma del contagiado, del debilitado contagiado que puede ser como un espectro de sanatorios del siglo XX, de lugares abandonados y embrujados. Ellos, los rehabilitados, dejan de ser señalados, de ser espectros congelados en el tiempo, y vuelven a su vida humana, a comer comida rápida, a consumir plástico, a botar plástico, a generar basura, a seguir contaminando, a contribuir con partes infinitesimales de nuestro propio apocalipsis. De monstruos contaminados pasan a ser monstruos que contaminan.

¿Dónde están las puertas del sanatorio que atrapa la ciudad? ¿Hay alguien afuera? ¿Queda alguien afuera?

 


Camelot. Gustave Dore


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