Catorce días de mayo (partes 53-56)

 

Vanitas. Fernando Vicente Sánchez


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La familia de mi prima fue la última en hacerse las pruebas de descarte de covid-19. Cuando todo comenzó, en los primeros días de mayo, mi prima estuvo conmigo apoyándome en lo que podía y en lo que no podía también. Estuvo expuesta y tenía muchas probabilidades de estar contagiada, pero no lo estaba. Una noche me envió un mensaje por WhatsApp contándome que ella, su esposo y sus hijas habían dado negativo en las pruebas y que estaban aliviados y felices. Mi hermano también había dado negativo en las pruebas. Solo nos habíamos contagiado dos. No rebasamos esa cifra porque nos habíamos aislado a tiempo. Me aliviaba no cargar con la responsabilidad de haber contagiado a alguien más, de ser el único que todavía no volvía a casa. Todos mis familiares me hicieron saber que esperaban mi regreso. Yo sabía que quería volver, naturalmente, pero no sabía qué me esperaba después, cuánto tiempo más necesitaría descansar, cómo sería mi proceso de rehabilitación. Esto lo tuve más en cuenta cuando, uno de los últimos días, el doctor me comunicó que el proceso de contagio y enfermedad duraba máximo dos semanas, pero la rehabilitación completa del organismo corría por cuenta aparte, podía prolongarse un par de semanas más, o incluso algunos meses. Dependía del estado de mi organismo, de cómo me vaya sintiendo. Eso me alarmó un poco, me actualizaba y renovaba la sensación de extrañeza que tenía con mi propio cuerpo. Cuando me daba una fiebre o una gripe sabía cómo me iba a dar la enfermedad, qué síntomas tendría y qué tantos días estaría enfermo. Con el covid-19 no tenía idea alguna y, por más que trataba de imaginármelo, no podía ni siquiera avistar lo que me sucedería después.

 

 

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Todas las habitaciones tenían un teléfono adherido a la pared de la cocina, si discabas un numero te comunicabas con una enfermera y podías solicitarle lo que te hiciera falta, o ponerle en aviso si se presentaba alguna emergencia. Solo un par de veces usé el teléfono: Cuando se acabó el agua caliente y tenía mucha sed y cuando estaba por irme y tuve que pedir ayuda para bajar mis pertenencias al primer piso. Otros pacientes se obsesionaban un poco con el teléfono, lo usaban mucho, incluso cuando parecía innecesario: querían más agua, preguntaban si había más azúcar, otro menú, opción a la carta de desayunos, televisión con cable. Otros discaban el número cada vez que creían descubrirse un nuevo síntoma alarmante. El teléfono los tranquilizaba o creían que les proporcionaba cierto status privilegiado. No cualquiera puede llamar a un teléfono para solicitar el cumplimiento de una necesidad, menos si estás bajo la tutela de una institución del estado. Sin embargo, era posible en la Villa Panamericana.

Una de las últimas noches tuve un sueño en que me despertaba alarmado y absolutamente convencido de que me faltaba un pulmón. No podía comprobarlo, pero sabía que, donde debería estar el pulmón izquierdo, había un vacío y que me quedaba poco tiempo para morirme asfixiado. Caminé agitado por el pasillo oscuro, descalzo, con el cabello enmarañado y sudando ansiedad, disqué el número de teléfono, y el teléfono sonaba y sonaba y nadie contestaba. Volvía a marcar y sucedía lo mismo. Al rato, alguien contestó. Solo escuchaba tosidos lejanos y una respiración que se iba debilitando. Seguro no era el único al que le faltaba un pulmón. Entonces me dirigí a las otras habitaciones de mi departamento. Abrí la primera puerta, y solo encontré un par de pulmones sobre las sábanas blancas. Pulmones envejecidos recubiertos por una especie de maraña blanquecina, pulmones cansados que apenas respiraban. Pensé que podían servirme, pero no sabía cómo ponérmelos. Decidí tomar uno de esos pulmones entre mis manos, bajar al primer piso y pedirle a algún médico que me lo injertara. Cuando caminaba rumbo al ascensor, el pulmón, humectado con sangre y líquido amarillento, se me resbaló de las manos, cayó al suelo, explotó en mil pedazos. Me desperté sudando frío, tembloroso y agradecido de que solo haya sido un mal sueño.

 

Venus. Fernando Vicente Sánchez


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La mañana posterior a ese sueño de pulmones reventados, apareció una doctora nueva en la torre, encargada de hacer los chequeos de rutina. Como siempre, los pacientes íbamos saliendo en orden al asiento del comedor. Cuando la doctora terminaba con uno llamaba al siguiente. Yo fui el segundo. La doctora midió mi saturación: 98, estaba bastante bien. Midió mis signos vitales. Preguntó por mis síntomas. Le hablé de la carraspera, del dolor de oído, pero no pareció prestar mayor atención. Me preguntó cuantos días llevaba internado, le dije que 11. Entonces ella dijo que era tiempo más que suficiente, que ya podía irme, que ella misma se encargaría de llenar la documentación pertinente. Volví a mi habitación medio aturdido. ¿No eran 14 días? Todavía no se conocía la variante ómicron como para reducir el tiempo de aislamiento. ¿Y si volví a casa aun con la capacidad de contagiar a alguien? La idea de volver antes de tiempo no me agradó en lo absoluto, me había programado  para 14 días, no para 11. Ese repentino cambio de planes comenzó a preocuparme un poco. Horas después, la enfermera que me trajo las medicinas habló conmigo, era algo robusta y en sus ojos se veía cierta compasión constante, como si empatizara con cada persona frágil que viera en cualquier lugar. Ella me dijo que la doctora todavía no había solicitado mi alta y que, si lo tenía a bien, ella podía interceder por mí para convencerla de dejarme en el departamento los 14 días pactados. Yo se lo agradecí de muchos modos y en poco tiempo le expresé mis temores sobre contagiar a alguien de casa, le hablé sobre los malestares que todavía tenía, probablemente los exageré un poco. Ella me dijo que estaría bien, que no me sugestionara y luego se fue dejándome aliviado y pensativo. Tenía razón, estaba comenzando a sugestionarme, pero todavía no era consciente de ello.

 

 

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Esa enfermera de mirada bondadosa hasta donde recuerdo es la misma que rondaba los pasillos cuando le tocaba turno noche. Sobre ella tomé apuntes uno de esos días de mayo, dicen lo siguiente:

¨Dos minutos después de la medianoche. Hace unas horas la enfermera me sugirió darme una pastilla para dormir, entonces supe que ella sabe que los últimos días estoy yéndome a la cama mucho más tarde. Presiento que ahora mismo, mientras yo escribo esto a las apuradas, ella ronda los pasillos y se pregunta si mi desvelo no tendrá alguna causa relacionada a la enfermedad, tal vez mañana me ofrezca otra pastilla para dormir, tal vez mañana le lea uno de estos párrafos para que no se preocupe por la causa de mis desvelos, de todos modos, no duran mucho, menos estos días, por ejemplo, ahora estoy por irme a dormir con doble chompa y pensando en que hay gente que me está cuidando, que nos está cuidando¨.


Ángel anatómico. Jacques Fabien Gautier d'Agoty


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