Catorce días de mayo (partes 49-52)

 


49

Ya entonces la ansiedad convivía conmigo. A veces se me desbocaba y me llenaba las manos de sudor. Todavía pensaba que podía controlarla invocando a la calma, a cierto espíritu zen mal aprendido. Me daba cuenta de que la ansiedad estaba ahí transformada en miedo, o siendo el miedo mismo. No podía concentrarme demasiado bien en algunas actividades, solo conseguía reunir toda mi fuerza de voluntad para continuar con el libro de Kafka, aunque es muy cierto que el ritmo que Kafka le imprime a las circunstancias de su novela hace que sea difícil desprenderse del texto, te sientes parte de su relato, un personaje más que se relaciona con K., el protagonista, y es descrito de forma que aún me resulta familiar, como si al salir de ese lugar y estar en cualquier otro, pudiera encontrarme con alguno de esos personajes o con los rezagos de ellos que viven en cada ser humano. Había llevado la laptop conmigo y todo mi tesoro fílmico estaba ahí esperándome en carpetas seleccionadas, pude haberme puesto a ver cualquiera de esas películas que tengo pendientes: algunos hits de Hitchcock, otras más de Wenders, Satoshi Kon, Resnais o del buen y siempre bueno Truffaut, pero no podía hacerlo, no podía ponerme a ver una película, me sentía agotado, indispuesto para concentrarme en el ejercicio cinéfilo de poner todos los sentidos en la trama audiovisual que alguien ha creado. Lo único que podía hacer era mirar capítulos aleatorios de Seinfeld. Seinfeld es mi sitcom favorita, tiene capítulos memorables que son una garantía de risas, entretenimiento y distensión. Justo lo que necesitaba. El 2018 había terminado de ver las nueve temporadas, pero, de vez en cuando, revisito algún capitulo imperdible. Esa vez, en la Villa Panamericana, seleccionaba un capítulo cualquiera y lo ponía, si no me gustaba, buscaba otro y así hasta que daba con uno muy divertido. Seinfeld era el único producto audiovisual que podía consumir estando en cuarentena, ansioso, desconcentrado y postergando peligrosamente la explosión del pánico.

 


 


50

Madre tenía dificultades con la comida, no le gustaba nada de lo que probaba y nunca sentía el hambre suficiente como para animarse a masticar papas o sorber sopas dietéticas. Solo se mantenía con las galletas de animalitos que le había llegado en su encomienda y con el suero que el doctor le había forzado a beber. Extrañaba la comida de casa, y disponer libremente de las cantidades a servir y disfrutar. Sin embargo, terminó comprendiendo que el sometimiento a una dieta estricta durante dos semanas era muy necesario para minimizar síntomas del virus. Comía a regañadientes, pero comía, no todo, pero quizá lo suficiente para engañar al estómago y no pasar hambre. Cuando le dieron de alta, se sintió aliviada. Una de las primeras cosas que me dijo fue que en casa se prepararía una buena sopa de verduras o un buen guiso de pollo. Pero, claro, ella no podía comer nada de eso durante algunas semanas más. De todos modos, no se lo dije porque ambos estábamos contentos con su recuperación y su pronto regreso a casa. Esa noche, la noche previa a su regreso, comenzó a preocuparse excesivamente por mí, como si, superado el virus en carne propia, temiera únicamente por mí. Yo le dije de muchas maneras que estaba bien, que casi no tenía síntomas. No era tan cierto. El dolor de espalda a veces era demasiado incomodo y, además del dolor de garganta, tenía un dolor en el oído izquierdo. Me habían dicho que se debía a una infección generalizada y me habían aumentado la dosis de cetirizina. A la mañana siguiente madre salió de su departamento llevada en silla de ruedas por una enfermera. Me asomé al pasillo, pero ella ya estaba entrando al ascensor. Se comunicó conmigo cuando el taxi la dejó en casa. Me envió un audio diciéndome que ya estaba en casa, que solo faltaba yo para estar completos. Me deseó fuerza y ánimos para los 4 días que me quedaban por delante. Ahora pienso que en ese momento debí expresar de mejor manera mi alivio, con mayor sinceridad y dramatismo. Pienso que, al menos en una cantidad no exagerada, debí echarme a llorar.

 

 

51

Llorar, sin embargo, no era una opción. No sabía cómo podía reaccionar mi cuerpo ante esa emoción, cómo podría afectarse mi respiración. En ese entonces, las vacunas todavía no estaban disponibles para los ciudadanos. El sistema inmunológico era la única forma que teníamos de mantenernos a salvo del virus. Había que fortalecerse con una alimentación nutritiva, balanceada y tratando de mantener el buen ánimo, el optimismo. A la distancia de varios meses, me resulta un optimismo medio farsesco, impostado, pero necesario y aconsejable. Tal vez por eso, en mayo, mi organismo descartó la idea del llanto reparador, y optó por la cautela y la espera. Sin embargo, había algunos pacientes que encontraban en su aislamiento un motivo más para consternarse, alterarse y enfurecerse. El tercer paciente llegó al décimo día de mi aislamiento, era un hombre de unos cincuenta años, flaco, pequeño, con un andar de hombre que ha aprendido a no dejarse engañar y por eso desconfía de todos, y tiene dentro de sí cierta agresividad desmedida. Parecía que había llegado ahí por pura insistencia de su familia, renegaba de la comida que le daban, del espacio que tenía, de haberse visto obligado a dejar la comodidad de su hogar. Solo el día en que yo me fui, cuando sus síntomas se hicieron más alarmantes, pareció tomarse la situación más en serio. Tal vez, si hubiera estado más tranquilo, hubiera estado mejor. Tal vez, no podría asegurarlo.

 

 

52

El aislamiento en la Villa Panamericana puede sumergir a los contagiados en un estado de profunda nostalgia y pesimismo. Saberse solos, aislados, lejos de casa y contaminados con un virus pandémico, puede desorientar al más preparado, al más calmado emocionalmente, al más descreído de la importancia que tiene la psique en la vida de las personas. Durante estos meses he oído y sabido de personas que han estado aislados en la Villa y se han deprimido, y han pasado, quizá, los días más amargos de muchos años, extrañados de lo que sucede, en una habitación extraña, padeciendo síntomas extraños, sin poder tener cerca el calor de sus seres queridos. La habitación, entonces, se parece a una celda fría de un manicomio, o a un lugar a donde uno ha ido secuestrado sin saber muy bien por qué. Los días se hacen más largos cuando más queremos que se acorten, cuando hemos sido extirpados de nuestra rutina y nos encontramos solos en medio de una habitación para enfermos. No sabemos muy bien cómo llenar todas las inmensas horas del día. A veces, el silencio y el halo meditabundo que se nos impone pueden ser grandes enemigos insospechados. No estamos acostumbrados a pasar tiempo con nosotros mismos. Cuando creemos que lo hacemos, solo practicamos una actividad recreacional que nos sigue sacando de nosotros mismos. Y es así hasta que, por una circunstancia indeseada, tú y tu mundo interior, olvidado y rezagado, son encerrados en una habitación, forzados a reencontrarse, observarse y ver si tienen algo que decirse. Estar al borde de esa condición existencialista con un virus a bordo no es lo más aconsejable, pero ha sucedido. Estuvo por sucederme a mí. Les ha sucedido a otros tantos. Tal vez por eso el silencio del joven de al lado, tal vez por eso los gritos del señor del otro lado. Tal vez algunos llaman a su familia solo para gritarles por haberlos orillado a encerrarse en un sitio como ese, comiendo porquerías y rodeado de enfermeros y doctores, de contagiados inmundos. Tal vez por eso no hacían otra cosa más que pelear y prolongar el ruido que los evade de nuevo de sí mismos. Tal vez por eso buscan tanto el celular y lo ponen a cargar cuando las rayitas de la batería están por desaparecer. Tal vez por eso buscan amistades olvidadas o se las inventan para sentirse menos solos, menos desorientados. Tal vez por eso uno se pone a escribir cuadernos y diarios; y, solo por un breve y vano momento, se siente distinto y ajeno, raro y privilegiado. Una idiotez de descripción que no he podido evitar.



Cenizas. Edvard Munch



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