Catorce días de mayo (partes 44-48)
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Algunas tardes miraba la habitación desde uno de sus
rincones, me apoyaba en la pared como noctámbulo despreocupado, cruzaba los
brazos, resoplaba como si estuviera en cualquier calle esperando a alguien que
se está tardando en llegar, o como uno de esos hombres callejeros que, desde las
esquinas más silenciosas, contemplan el ir y venir de la gente, un poco para
olvidarse de sí mismos, un poco para mirar el atardecer, ir a comprar el pan y
volver a la casa solitaria a tomar café con leche y mirar un programa trillado
de la televisión nacional. Con la ventana abierta miraba como la noche
desdibujaba las cosas. La cama destendida, la almohada aplastada, los
utensilios sobre la única mesa de noche, mi vaso naranja tapado con sobrecitos
de té sin usar, los paquetes de azúcar que nunca abrí, la botella con alcohol
para las manos, las dos mascarillas para tenerlas cerca cuando viniera el personal médico. Todo entraba en fase oscura, se ensombrecía, se teñía de
penumbras. Todo parecía a punto de desaparecer, de convertirse en las sombras inmóviles
que me vigilaban, que me hacían compañía. Yo era una sombra más, acaso la
más grande de todo lo que estaba ahí. A veces dejaba la luz apagada hasta bien
entrada la noche, dejaba que la luz de los postes entrara débilmente. Y esperaba que un doctor o una enfermera entrara sin prender la luz y
husmeara por todos los rincones sin percatarse de mi presencia. Yo me quedaría muy
callado, muy quieto, muy consciente de mi invisibilidad. Estaría ahí hasta
verlos cerrar la puerta y alejarse de mi habitación. Entonces me daría cuenta de que me acababa de convertir en
un ser de otro mundo, en el primer fantasma contagiado de la Villa Panamericana.
| Tim Noble y Sue Webster |
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En las noches sucedían las cosas que ningún contagiado
debería saber, pero sabíamos, escuchábamos o descifrábamos. Sabía que no era el
único que lo hacía, el único que se quedaba muy atento escuchando los ruidos,
las pisadas apuradas de enfermeros por los pasillos, las camillas cargando a un
paciente que de pronto había agravado sus síntomas, los tosidos secos que
venían de todas partes, como un rebote perpetuo de ecos atrapados entre
murallas; las rueditas del carrito con balones de oxígeno desplazándose por las
veredas entre torres, las ruedas de una ambulancia, de una carroza fúnebre. Por
la noche también llevaban a los pacientes más delicados a las carpas blancas de
la explanada, y luego partían en ambulancias quien sabe para qué hospital
colapsado o a punto de colapsar. Eran sonidos que se repetían todas las noches
con mayor o menor intensidad. Siempre estaban ahí, te iban arrullando poco a
poco, como si tu cuerpo entendiera que la pesadilla ya la estabas viviendo
despierto y que nada peor podría pasar si cerrabas los ojos, si te quedabas dormido.
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Había que huir un poco del mundo y encerrarse en uno mismo,
buscar formas de suprimir la información excesiva, las noticias desalentadoras.
Yo había dejado en el olvido el Twitter y el seguimiento a la segunda vuelta
electoral. No podía leer sobre eso, no quería hacerlo, no debía hacerlo. Al
respecto uno de los catorce días de mayo anoté lo siguiente:
¨No ver los noticieros, estar al margen de las portadas
de los diarios, no ver sus redes sociales, huir un poco del asedio constante de
datos fatales, de reportajes angustiantes. Obviar publicaciones de Facebook, cadenas
de WhatsApp, hilos y noticias no verificadas de Twitter. No verlas para no pensar que anticipan
nuestro futuro. No necesitamos un
reportaje detallado e incesante de los sucesos. Porque ahora eso que está
sucediendo, nos está sucediendo también a nosotros¨.
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En ese departamento solo estaban ocupadas dos habitaciones.
En una estaba yo y, en la otra, un joven que usaba lentes, educado, cauteloso,
algo tímido quizá. Lo que me sorprendía era el silencio en que se mantenía todo
el día, a veces me quedaba horas escuchándolo a ver si oía sus pasos, algún
sonido propio de una habitación para contagiados, pero nunca escuchaba nada. Sin
embargo, en las horas de alimentación rompía su mutismo, parecía despertarse de
una hibernación forzosa. Caminaba, abría su puerta, si coincidíamos, nos
saludábamos, y luego entraba su habitación, comía, volvía al silencio que
solo se quebraba durante la noche. Roncaba, pero no en exceso, por ratos que
podían durar pocos minutos o más de algunas horas. No me parecía incómodo, sin
embargo. Sus ronquidos me hacían compañía, sentía que ese lugar podía asemejarse en algo a un hogar. En otras
circunstancias, el joven y yo nos hubiéramos llevado bien, o al menos tratado
con mutuo respeto y algo de curiosidad. Eso no sucedió porque intuyo que los
dos somos personas reservadas y si no hay verdaderas razones para abrir la
boca, la mantenemos cerrada, excepto cuando él se queda dormido, claro.
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Había personas que no sabían dónde estaba, ni lo que me
estaba sucediendo, y las veces que me escribían o preguntaban algo, yo
intentaba actuar o contestar el mensaje con naturalidad, como si estuviera en
casa, No hacía falta mencionarles mi condición, había una especie de pudor al
saberse víctima de un virus. Tampoco quería que me
pusieran en el lugar de victima indefensa, me alarmaba el hecho de que
comenzaran a actuar como manda el protocolo de los buenos modales y la
decencia. No quería nada de eso, tendría que dar más explicaciones de las
necesarias, y nuestra confianza no estaba lo suficientemente
desarrollada como para mostrarme en una situación de vulnerabilidad. Por
otro lado, había quienes sí sabían dónde estaba y cómo me sentía. Cuando hablábamos, me preguntaban por la evolución de mis síntomas, por el estado de mi madre, o me
sugerían páginas, memes y videos para que sobrellevara más rápido las horas que
tenía por delante. Eran pocas personas, dos o tres amistades entre las que
estaba, C, mi único y gran amigo del colegio, S., mi amiga de la universidad, y Ámsterdam, amiga de gustos
musicales y literarios. Su soporte emocional fue fundamental. Al respecto, uno de los apuntes de mayo dice lo siguiente:
¨ Hablo con Ámsterdam. Le envío un audio porque mis dedos
están demasiado torpes para buscar las letras adecuadas en la pantalla táctil.
Ámsterdam escucha mi voz y dice que tengo voz de abuelito. Yo busco el emoji de
abuelito y se lo envío. Se ríe: ¨jajajaja¨ escribe todo junto, así es más espontáneo.
Estoy a punto de darle las gracias sin que venga a cuento. No sería inadecuado,
tal vez sí sorpresivo, pero no inadecuado. Cuando todo esto comenzó, llamé a
Ámsterdam no supe bien para qué. Una de las primeras cosas que me dijo fue: ¨¿cómo te puedo ayudar?¨ Y me ayudó sin
pensárselo. Quise darle las gracias por estar en ese momento, me alegra que
nuestra amistad haya sobrevivido, no soy un tipo con mil amigos, tampoco quiero
serlo, y si alguna vez sentí que no tenía ninguno, Ámsterdam estuvo ahí para
recordarme que no es así. Gracias. Siempre gracias¨

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