Catorce días de mayo (partes 57-59)
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Al día siguiente, el Área de Psicología de la Villa Panamericana
organizó un pequeño evento recreativo. En el patio entre las torres
montaron un espectáculo que incluía coreografías y la puesta en escena de una fábula que
enseñaba a no darle cabida a la tristeza y al desánimo. Uno de los enfermeros
se había puesto una chompa negra y una capucha para caracterizarse como el desánimo
y la depresión, y perseguía a las enfermeras que bailaban mientras una
psicóloga decía por el micrófono, o, mejor dicho, preguntaba a los pacientes asomados por las ventanas: ¨ ¿Qué debemos hacer con la pena? ¡Debemos
decirle no! ¡no, no podrás conmigo! ¨. Y algunos pacientes movían sus dedos
emulando el gesto negativo. Otros solo movían la cabeza. Algunos otros solo
miraban y grababan con el celular. Para finalizar, el equipo de psicólogas hizo
una especie de competencia entre torres. El conocidísimo juego de buscar ánimos
de los participantes preguntándoles dónde se encontraban, (como si no fuera
obvio que estábamos encerrados en habitaciones, contagiados, solos e inevitablemente
angustiados). Llamaban a la torre 3, y los de la torre 3 movían las manos y
aplaudían; luego, a la torre 4, y los pacientes asomados aplaudían, pero no
todos. Algunos se quedaban apoyados en el alfeizar, de manos cruzadas, mirando
con recelo, como si en el fondo el evento les pareciera demasiado infantil para
ellos y su seriedad ganada con mucho estrés y rutina. Yo cooperé como pude,
moví mis manos y negué cuando dijeron que había que negarle la entrada a la
negatividad. Luego el evento terminó y el equipo psicológico se fue en fila a las
otras torres, con su parlante portátil y sus ganas de hacer coreografías bien
ensayadas. Era un mediodía muy frio, cargado de neblina, yo admiré su voluntad
de querer llevar algo de alegría en medio de un clima así: tan gris, tan nostálgico,
tan nuestro, tan limeño.
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Una de las ultimas tardes apareció una psicóloga en la
puerta de mi habitación, se presentó como tal y me dijo que el equipo de doctores
encargados de esa torre había solicitado atención psicológica para mí. Me
sorprendí porque hace muchos años que no me reunía con una psicóloga y menos
con una que estuviera cubierta con un guardapolvo azul, dos mascarillas bien
adheridas al rostro y una careta similar a la de un soldador. Se quedó de pie
en el umbral de la puerta. Yo me puse mi mascarilla, abrí la ventana para
airear la habitación y me quedé sentado en la cama, escuchando sus preguntas.
Me preguntó cuántos años tenía, con quiénes vivía, qué había estudiado, si trabajaba, si había tenido alguna vez un diagnóstico psicológico o
psiquiátrico. Respondí lo más de prisa que pude mientras ella marcaba opciones
en su tableta. Claramente era un cuestionario prediseñado, pero nunca supe qué sucedió
con esos resultados. Luego me preguntó en qué me podía ayudar. En principio no
supe qué responderle porque yo no había solicitado su presencia, no
directamente. Así que me quedé en silencio hasta que ella trató de motivarme
precisando que los doctores habían dicho que yo tenía algunos problemas para
abandonar el lugar, como si no quisiera irme. Ella quería saber por qué no
quería volver a casa. Seguramente
reaccioné algo azorado, pero no pude evitarlo. Inmediatamente precisé los
hechos para exhibir el malentendido. No es que no quiera irme, le dije al final
de mi alocución defensiva, no quiero irme antes de tiempo, eso es todo. Ella
asintió, aceptó mis precisiones, marcó algo más en sus casillas táctiles enigmáticas,
y luego me buscó conversación, quería saber cómo la estaba pasando esos días de
aislamiento, qué me había parecido el ambiente, la atención, etc. Le dije que
todo me había parecido bueno y bastante necesario. Después me puse a hablar de
lo primero que se me ocurrió, y, en el camino, descubrí que si tenía muchas cosas que
decirle. Comencé por la mañana en que me topé con mi madre en la puerta de la
cocina y ella me dijo consternada que no le había sentido el olor al perfume,
le hablé de mi hermano y su soledad y el perro que lo acompañaba y su novia y
la angustia de los probables síntomas graves. En un momento tuve que hacer un
gran esfuerzo para quedarme callado. La psicóloga me escuchó, y me
propuso hacer algunos ejercicios respiratorios, me hizo cerrar los ojos y,
mientras ella contaba mentalmente, yo tenía que respirar despacio. Hicimos
varios de esos ejercicios, luego ella se fue despidiéndose con cierta alegría
de labor realizada. Y yo me despedí pensando que esa sería la última psicóloga
que vería en mucho tiempo. Estaba bastante equivocado, solo sería la primera
del 2021.
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¿Y si me quedo?, pensé una de las últimas noches, ¿y si pudiera quedarme?, ¿si existiera esa opción? ¿Si una empresa, una de esas extrañas con siglas complicadas, buscara pacientes diagnosticados con covid-19 para estudiar sus secuelas? ¿Y si pudiera ofrecerme como voluntario y me quedara en esa habitación muchas semanas, siendo analizado y consultado por síntomas, dolencias y cuestiones similares? ¿Cuál sería mi oposición? ¿Qué me espera afuera, de todos modos? La búsqueda de sentido, la reinserción al ámbito laboral, el desaliento generalizado, el estrés cotidiano, el ruido, el desorden, la basura, la ciudad infecta. Y ahí, en la habitación pequeña de la Villa, tenía los problemas resueltos. Me traían la comida, verificaban si seguía con vida, me atendían bien, con consideración. Podría prolongar esa estadía, usar más mi laptop y dedicarme a escribir y escribir párrafos sin sentido. Terminaría escribiendo una novela. Después, me moriría de soledad. Luego escribiría una novela sobre cómo me morí de soledad. Después, desarrollaría claustrofobia crónica, y escribiría otra novela sobre cómo sobreviví a la claustrofobia crónica. Finalmente, crearía un blog clandestino donde lo publicaría todo, le llamaría Sesenta días del 2021. O noventa, dependiendo de cuanto me aguanten. También leería muchos libros, todos los que tengo pendientes. Me haría viejo, cansado, aburrido, más renegón de lo que ya soy. Mi pelo se volvería blanco, y desarrollaría una aversión más intensa por los espacios abiertos y las personas. Al final, luego de todos esos meses delirantes y ambiguos, la conclusión del equipo científico seria de que yo, simplemente, no sirvo como ser humano.
| Papilla estelar (Celestial Pablum). Remedios Varo |

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